Escuché muchas veces que al crear algo, un pedacito de uno se va con ese producto. No puedo evitar pensar en eso cada vez que empiezo uno nuevo.

¿Hasta dónde llegará? Pienso a dónde se irá esa parte de mí, a qué ciudad, a qué país. ¿Irá a un campo o a una montaña? ¿Tendrá perro, tendrá gato? ¿Tendrá niños a su alrededor?

¿Cuántas historias escuchará, de cuántas será parte? ¿Tendrá amores, desamores? ¿Auto o bicicleta? O quizás las dos. ¿Llevará libros, juguetes, galletitas de abuela?

¿Sentirá la lluvia? ¿Verá las estrellas? ¿Escuchará canciones, o poemas?

¿Cómo no pensar, mientras pasan las puntadas, si viajarán a recorrer el mundo entero? ¿Si esta cartera tiene la suerte de ver el atardecer en Madrid? ¿O esta otra pisará las olas de Necochea?

Como quien pide un deseo en su cumpleaños, cierro los ojos y pienso qué tan lejos llegaremos esta vez.

No hay límites imaginando el recorrido infinito que podría acompañar a cada Chingola.

 

Pero sepan que, en el camino hasta allá, están llevando un pedacito de mí.